Qué pasa con los niños superdotados cuando crecen: la ciencia derriba el mito del genio atormentado

Un niño de doce años resuelve ejercicios universitarios mientras sus compañeros todavía pelean con las fracciones. Los adultos lo miran fascinados. Después, casi inevitablemente, se preocupan. Porque alrededor de las altas capacidades siempre sobrevuela la misma sospecha: tanta inteligencia debe cobrarse en algún momento. El desenlace suele venir escrito de antemano. Será brillante, pero solitario. Vivirá aislado. O llegará exhausto a la adultez, aplastado por las expectativas que otros depositaron sobre él.

Pero la ciencia lleva décadas siguiendo a esos chicos y encontró una historia bastante menos cinematográfica. La mayoría no termina destruida por su talento. Tampoco existe evidencia de que adelantar cursos o recibir una educación más exigente provoque, por sí solo, problemas psicológicos en la vida adulta.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a uno de los principales estudios sobre el tema, iniciado en Estados Unidos durante la década de 1970, por científicos de la Universidad de Vanderbilt. El equipo siguió durante décadas a miles de personas que habían sido identificadas antes de los trece años por sus capacidades matemáticas o verbales excepcionales. Los investigadores analizaron sus trayectorias educativas y laborales, sus vínculos personales y sus niveles de bienestar.

En uno de los seguimientos, más de 1.600 participantes fueron evaluados alrededor de los cincuenta años. Los resultados no mostraron que quienes habían adelantado cursos, ingresado antes a la universidad o participado de programas acelerados tuvieran menor satisfacción vital ni más dificultades psicológicas. Algunos incluso afirmaron que les habría gustado avanzar todavía más rápido.

El dato pone en tensión a un sistema escolar diseñado casi exclusivamente en función de la edad. Mantener durante años a un chico frente a contenidos que ya domina también tiene un costo: el aburrimiento sostenido puede derivar en desmotivación, bajo rendimiento y desconexión con la escuela. A veces, el alumno no deja de prestar atención porque no entiende, sino porque entendió hace meses y nadie advirtió que ya estaba listo para avanzar.

El mito del niño “quemado”

Durante décadas circuló la idea de que el éxito precoz podía terminar dañando a quien lo protagonizaba. La presión, las expectativas familiares y el aislamiento acabarían pasando factura. Sin embargo, los estudios longitudinales no encontraron ese desenlace como un patrón general.

Eso no significa que todos los niños con altas capacidades sean felices o se adapten sin dificultades. Algunos pueden experimentar ansiedad, perfeccionismo, frustración o problemas para integrarse. Pero esas dificultades no aparecen inevitablemente por tener una capacidad intelectual superior al promedio.

Tampoco existe una personalidad única asociada con las altas capacidades. Hay chicos extrovertidos y reservados, seguros e inseguros, sociables y solitarios. También existen casos de doble excepcionalidad: niños con altas capacidades que, al mismo tiempo, presentan autismo, trastorno por déficit de atención, dislexia u otras dificultades de aprendizaje. Un estudiante puede resolver un problema matemático complejo y no recordar dónde dejó la carpeta. El cerebro humano no suele respetar las etiquetas administrativas.

La Agencia también accedió a una revisión liderada por investigadores de la Universidad Federal de Río de Janeiro, que examinó estudios sobre la estructura y el funcionamiento cerebral de personas con altas capacidades. Los trabajos describen diferencias promedio en regiones vinculadas con la memoria de trabajo, la planificación, la atención y la resolución de problemas. También señalan variaciones en la conectividad entre distintas áreas cerebrales.

Una de las hipótesis sostiene que algunas personas podrían utilizar sus redes neuronales de manera más eficiente frente a tareas complejas. En otras palabras, sus cerebros podrían necesitar menos recursos para alcanzar determinados resultados. Pero una resonancia magnética no funciona como una bola de cristal.

Las diferencias observadas aparecen al comparar grupos y no permiten predecir qué profesión tendrá un niño, cuánto dinero ganará ni si será feliz. Tampoco está completamente resuelto cuánto responde a factores biológicos y cuánto puede ser moldeado por el aprendizaje, la práctica y la estimulación.

La capacidad intelectual permite anticipar con bastante precisión una parte del rendimiento académico. Sin embargo, su poder para predecir una vida adulta exitosa es mucho más limitado. Los logros también dependen de la motivación, la constancia, la estabilidad emocional, las oportunidades educativas, el apoyo familiar, los recursos económicos y una variable que rara vez aparece en los test: la suerte.

Dos chicos con resultados similares pueden recorrer caminos opuestos. Uno puede encontrar una escuela que detecte su capacidad y le ofrezca desafíos. El otro puede pasar años aburrido, señalado como problemático o directamente ignorado. El talento abre puertas, pero no decide qué hay detrás de ellas.

Los que nunca son detectados

Las investigaciones tienen otra limitación importante: para estudiar a un niño con altas capacidades, primero alguien debe identificarlo. Las familias con mayores recursos suelen acceder con más facilidad a evaluaciones psicológicas, instituciones preparadas y programas especializados. En los sectores más desfavorecidos, una misma conducta puede recibir una interpretación completamente diferente.

El niño que hace preguntas incómodas puede ser considerado brillante. Otro, con el mismo potencial, pero menos oportunidades, puede ser visto como desafiante, distraído o problemático. La inteligencia puede ser la misma. Lo que cambia es la mirada del adulto y las oportunidades disponibles. Esta desigualdad condiciona también las investigaciones. Los estudios describen con mayor precisión a los niños que fueron detectados, pero dicen mucho menos sobre aquellos cuyo talento nunca llegó a ser reconocido.

¿Qué ocurre cuando crecen? La respuesta es menos espectacular que el mito: crecen de maneras diferentes. Algunos desarrollan carreras científicas, tecnológicas o artísticas destacadas. Otros eligen profesiones convencionales. Forman familias, cambian de trabajo, fracasan, vuelven a empezar y descubren que un cociente intelectual elevado no ayuda demasiado a interpretar un mensaje que termina con “después hablamos”.

La evidencia derriba dos exageraciones. Tener altas capacidades no garantiza una vida extraordinaria, pero tampoco condena a una existencia solitaria o infeliz. El desafío, entonces, no consiste en fabricar genios. Consiste en ofrecer estímulos adecuados, acompañamiento emocional y oportunidades reales, sin transformar el talento en una obligación permanente. Con todo, el mayor riesgo quizá no sea que un niño avance demasiado rápido. Quizá sea obligarlo a pasar toda la infancia fingiendo que todavía no entendió.

Por María Ximena Perez