Buenos Aires revela sus secretos: nuevos hallazgos en las excavaciones arqueológicas de la Casa Blaquier

Las excavaciones iniciadas en marzo en el inmueble recuperado por el Gobierno porteño permitieron identificar cinco estructuras arqueológicas y rescatar más de 4.000 fragmentos. Dos macuquinas y un peón de ajedrez tallado en hueso se encuentran entre las piezas más destacadas. 

Dos macuquinas datadas de 1743 y 1749, y una singular pieza de ajedrez tallada en hueso se encuentran entre los hallazgos más recientes de las excavaciones que la Ciudad lleva adelante en la Casa Blaquier, ubicada en Defensa 163. Los trabajos comenzaron en marzo, a partir de la recuperación del inmueble por parte del Gobierno de la Ciudad durante la gestión de Jorge Macri, y buscan reconstruir las distintas etapas de ocupación de uno de los sitios vinculados con los orígenes de Buenos Aires.

Hasta el momento, la investigación permitió identificar cinco estructuras correspondientes a diferentes momentos de ocupación —entre ellas una letrina, un sumidero, pozos de descarte y una cisterna todavía sin excavar— y recuperar más de 4.000 fragmentos de mayólica, porcelana, cerámica, vidrio y otros objetos de uso cotidiano. También se encontraron pipas de caolín, canicas, cuentas, botones y restos óseos de aves y peces que aportan información sobre la alimentación y las prácticas domésticas de quienes habitaron el lugar.

La investigación arqueológica fue posible a partir de la recuperación de la propiedad por parte del Gobierno de la Ciudad, en el marco de la política de recuperación de inmuebles ocupados impulsada por la gestión de Jorge Macri. La Casa Blaquier había permanecido ocupada de manera irregular durante aproximadamente cuatro décadas y fue recuperada en julio de 2025. Tras la restitución del inmueble, la Ciudad inició las tareas de limpieza, relevamiento y excavación arqueológica. 

Los hallazgos no se limitan a los objetos. En uno de los sectores, un equipo integrado por arqueólogos y paleontólogos trabaja sobre una antigua letrina de 1,82 metros de largo por un metro de ancho, construida con ladrillos unidos con barro. La excavación ya alcanza los seis metros de profundidad y los especialistas consideran que todavía podría continuar. En sus primeros niveles, correspondientes a los dos metros iniciales, se recuperó una parte importante de los materiales arqueológicos.

También fue identificado un sumidero de aguas servidas de mayores dimensiones, construido con hileras de ladrillos y cubierto por una bóveda, que recibía el agua proveniente de la cocina. A estas estructuras se suma una cisterna que todavía no pudo ser excavada debido a las dificultades de acceso y a las construcciones posteriores levantadas sobre ella. La estructura conserva agua en su interior y presenta al menos cinco metros entre el brocal y el nivel actual del agua.

Los relevamientos cuentan con la participación del equipo de georradar de la Dirección General de Antropología Urbana del Ministerio de Movilidad e Infraestructura. Esta tecnología permite explorar el subsuelo y detectar paredes, conductos y otras estructuras sin necesidad de excavar de inmediato. La investigación de las letrinas, los sumideros y la cisterna permitirá profundizar el conocimiento sobre los sistemas de abastecimiento y descarte de agua utilizados antes de la llegada de la red corriente.

Entre los objetos que concentran la atención de los especialistas se encuentra una macuquina de un real y otra en proceso de identificación, ambas de un tipo de moneda acuñada artesanalmente y a golpes de martillo durante el período colonial. Por sus características, podría haber sido producida en Lima o Potosí. El nivel en el que fue encontrada permitiría vincularla con el siglo XVIII y con el período en el que Lucía de Herrera habitó la propiedad, por lo que constituye una evidencia valiosa para reconstruir las primeras etapas de ocupación del sitio.

También fue recuperada una pequeña pieza de ajedrez tallada en hueso, compuesta por dos partes que encastran y posiblemente elaborada durante el siglo XIX. Por su estilo, los especialistas la vinculan con las piezas conocidas como de Dieppe, una localidad francesa reconocida por el trabajo artesanal en hueso y marfil. La figura representa a un soldado y, de acuerdo con una de las hipótesis en estudio, podría estar vinculada con el Regimiento de Pardos y Morenos, integrado por soldados negros libertos y mulatos durante las guerras de la Independencia.

Todos los materiales recuperados son limpiados, identificados, fotografiados, inventariados y acondicionados para su conservación. Las piezas pasarán a integrar el acervo arqueológico resguardado por el Ministerio de Cultura de la Ciudad y permitirán profundizar el conocimiento sobre las formas de ocupación y los modos de vida de quienes habitaron este sector del barrio de Monserrat a lo largo del tiempo.

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El avance de la investigación fue posible a partir de la recuperación de la propiedad por parte del Gobierno de la Ciudad, luego de aproximadamente cuatro décadas de ocupación irregular. El inmueble había sido adquirido en 1954 por la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Una vez recuperado, la Ciudad inició las tareas de limpieza, relevamiento y excavación arqueológica.

La historia del predio se remonta a la fundación de Buenos Aires por Juan de Garay, en 1580, cuando el solar fue adjudicado a Alonso Escobar, integrante de su expedición y uno de los primeros pobladores de la ciudad. Las estructuras iniciales habrían sido construidas con adobe, madera y paja y, aunque no se conservaron, sus huellas permanecen en los niveles arqueológicos que actualmente se investigan.

Durante el siglo XVIII, el terreno estuvo vinculado con las propiedades de la Compañía de Jesús y luego perteneció a Lucía de Herrera y Esteban Villanueva. Con el paso del tiempo, en el predio se levantó una de las primeras casas de dos plantas de la zona. Durante el siglo XIX albergó viviendas, comercios y actividades productivas, y también funcionó como vivienda multifamiliar para algunos de los primeros inmigrantes llegados a la ciudad.

En 1925, José Blaquier adquirió la propiedad e impulsó su reorganización como vivienda colectiva, con habitaciones independientes, cocinas privadas y amplios patios. En 1954 fue comprada por la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires junto con el edificio lindero, los Altos de Elorriaga. A lo largo de las décadas tuvo distintos usos, entre ellos locales comerciales y un bodegón, hasta atravesar un proceso de ocupación irregular iniciado en la década de 1980.