Los congresos y reuniones científicas suelen estar llenos de información técnica que, si bien es relevante, puede provocar tedio. Para evitar esto y romper la monotonía, hay oradores intrépidos que se atreven al humor. No son comediantes: son personas inmersas en ámbitos académicos que, sin embargo, logran provocar algunas risas. El auditorio, hasta ese momento concentrado en los contenidos, experimenta un breve instante de relajación. Ese momento fue justamente el punto de partida de un grupo de investigadores de diversas instituciones de Italia, Finlandia, España, Sudáfrica, Israel y Estados Unidos para un estudio cuyos resultados fueron publicados en la revista Proceedings of the Royal Society. Desde la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes exploramos las razones del éxito o el fracaso de las intervenciones humorísticas de científicos alrededor del mundo.
Entre 2022 y 2024, los investigadores observaron más de 500 charlas en 14 conferencias internacionales de biología. Registraron cada intento de los oradores de hacer reír al público: cada pausa dramática, cada remate, cada diapositiva con intención cómica. Los científicos hacen chistes, aunque no todos ni en las mismas condiciones. Del conjunto de conferencias analizadas, los especialistas revelaron que el humor no ocurre de forma aleatoria, sino que sigue un patrón bastante claro: los chistes se concentran al inicio y al final de las presentaciones. Pareciera que los expositores se valen del humor para captar la atención y cerrar con una impresión positiva.
Sin embargo, no todos los intentos humorísticos son exitosos. Más del 60 por ciento, dos de cada tres chistes, generan poco efecto: apenas risas educadas. El público sonríe por cortesía, no por diversión genuina. La fracción de oradores que logra arrancar carcajadas que se contagian a todo el auditorio es muy pequeña.
El éxito del humor no depende del tipo de chiste ni del formato. No importa demasiado si se trata de una anécdota o de un problema técnico convertido en broma: el resultado depende de quién hace el chiste. Los hombres, en promedio, hacen más chistes que las mujeres y tienen mayores chances de provocar risas en la audiencia. Según los autores del trabajo, hacer un chiste en un contexto académico implica asumir el riesgo de parecer poco serio y de perder credibilidad. Sin embargo, esa amenaza no se distribuye de forma equitativa. Las mujeres, los estudiantes y los investigadores en etapas tempranas de su carrera tienden a evitar el humor, no por falta de ingenio, sino por las posibles consecuencias. En entornos donde la autoridad científica aún debe consolidarse, abandonar el tono formal puede interpretarse como una señal de debilidad profesional. En este sentido, el humor funciona como un indicador de privilegio: no solo revela quién se siente cómodo al romper las reglas, sino también quién puede hacerlo sin pagar un costo.
Más allá de esto, cuando un chiste funciona en una conferencia científica no solo genera risa, sino que confirma que el público y el orador comparten un marco común. El humor no distrae de la ciencia: la refuerza. Actúa como un puente entre el contenido técnico y la experiencia humana de quienes lo producen. Además, puede tener efectos relevantes: aliviar tensiones, reducir la ansiedad del orador y, en algunos casos, mitigar el síndrome del impostor. Mostrar una faceta menos rígida ayuda a construir una identidad científica más auténtica. Sin embargo, el equilibrio es delicado. Un chiste inapropiado puede generar el efecto contrario. De ahí que muchos científicos opten por evitarlo por completo.
Para quienes deciden intentarlo, la recomendación es clara: el humor debe ser una herramienta de conexión, no de exclusión. La autenticidad es clave, pero también lo es el contexto. No se trata de convertirse en comediante, sino de reconocer que la comunicación científica también es, en parte, una puesta en escena. Quizás la conclusión más interesante del estudio no sea cuántos chistes se hacen, sino lo que estos revelan sobre la cultura científica. En un entorno que valora el rigor, la risa es marginal, pero también es una oportunidad. Si se aplica con cuidado, el humor puede transformar una charla olvidable en una memorable, reactivar la atención, fortalecer vínculos y recordar que, detrás de los datos, hay personas.
La ciencia es seria; eso no significa que los científicos tengan que serlo todo el tiempo.
Por Nadia Chiaramoni




