Mafalda vuelve: por qué una nena de los años 60 todavía entiende tan bien nuestro mundo

Los adultos tienen una explicación para todo. Mafalda, una pregunta capaz de desarmarla. La escena parece una discusión familiar, pero en ella caben la política, la desigualdad y el desconcierto de vivir en un mundo que rara vez se parece al que prometen los mayores. Quino encontró esa fórmula hace más de sesenta años: una niña que obliga a los adultos a revisar sus certezas. Todavía funciona.

La historieta comenzó a publicarse el 29 de septiembre de 1964 en Primera Plana. En 1973, su creador dejó de producirla regularmente. Menos de una década alcanzó para construir un personaje que siguió encontrando lectores cuando muchas de las noticias de aquella época ya habían pasado a los libros de historia.

Ahora, ese universo suma nuevas puertas de entrada. Netflix prepara una serie animada dirigida por Juan José Campanella, con estreno previsto para 2027. Sudamericana publicó en junio de 2026 una nueva edición de Todo Mafalda. Para este octubre, además, fue anunciada Mafalda Inmersiva, en el Centro Cultural Recoleta: una propuesta que permitirá recorrer el universo del personaje mediante instalaciones, proyecciones y realidad virtual.

Las novedades renuevan las oportunidades de encontrarse con ella. Su permanencia, sin embargo, plantea una pregunta más amplia: qué encuentra un lector cuando vuelve a esas páginas y qué reconoce quien las descubre por primera vez. Algunas investigaciones sobre la nostalgia, la historia cultural y la circulación de contenidos ofrecen pistas para pensar ese vínculo.

Para quienes crecieron con las historietas, Mafalda puede devolver algo más que un chiste. El libro que pasaba de un hermano a otro. Una tarde sin apuro. El adulto que se reía antes de explicar la gracia. Volver a una lectura también puede ser una manera de volver a las personas con quienes se la compartió.

La psicología estudió esa dimensión de los recuerdos. Un trabajo, al que tuvo acceso la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, encontró que las experiencias nostálgicas solían incluir vínculos cercanos y acontecimientos importantes. En los experimentos, evocarlas favoreció emociones positivas y sentimientos de conexión social. Los investigadores también observaron que la soledad y el ánimo negativo podían activar la nostalgia.

Los científicos no estudiaron a los lectores de Mafalda. Sus resultados permiten, de todos modos, pensar una posibilidad: una historieta conocida puede reunir en el presente las huellas de una experiencia compartida. El dibujo permanece en la página; lo que despierta puede venir de mucho más atrás.

Ese regreso también puede conectar distintas etapas de una vida. Otra investigación explora ese proceso mediante seis experimentos. La investigación, consultada por la Agencia, mostró que la nostalgia podía fortalecer la sensación de continuidad entre el pasado y el presente a través de una mayor conexión con otras personas.

Desde esa perspectiva, volver al mismo libro podría ayudar a reconocer algo de quien se fue, aunque la lectura haya cambiado. Antes, un lector podía identificarse con la nena que preguntaba. Décadas después, quizá se encuentre del lado del padre que no sabe qué contestar. La viñeta es la misma; quien la lee tiene otra historia.

El regreso al pasado también puede doler. Un estudio encontró que la nostalgia experimentada en la vida cotidiana se asociaba con menor bienestar. También mostró que los recuerdos evocados a pedido en los experimentos eran más positivos que los que surgían espontáneamente. Esa asociación no demuestra que recordar cause malestar: las circunstancias y el contenido del recuerdo importan.

Así, una lectura de infancia podría despertar afecto, pero también hacer más visible una ausencia. La nostalgia ofrece una posible vía para comprender el reencuentro con Mafalda; no supone que todos los lectores vuelvan por el mismo motivo ni que encuentren la misma emoción.

Rebeldía que atraviesa generaciones

Para quienes recién descubren a Mafalda, el vínculo puede empezar en otro lugar: su manera de preguntar, insistir y discutir lo que los mayores dan por resuelto. Esa capacidad de incomodar fue parte del análisis de la historiadora Isabella Cosse en “Ese monstruito”: Mafalda, generaciones y género en una construcción mítica, publicado en la Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud en 2016.

La investigación examinó las tiras, las discusiones en la prensa y las percepciones de los lectores. Cosse sostuvo que Mafalda desafió las expectativas asociadas con la infancia y con las mujeres. Era una niña que cuestionaba la autoridad y los mandatos de su época. Según su interpretación, esa posición facilitó que generaciones posteriores se apropiaran del personaje y le atribuyeran nuevos sentidos.

La observación ayuda a pensar cómo una historieta conserva sus dibujos y cambia de significado. Cada época puede reconocer en ellos sus propias tensiones. Quino llevó las grandes discusiones al tamaño de una mesa familiar: entre la escuela, los juegos y los platos de sopa aparecían el poder, la desigualdad y la libertad. El humor surgía, muchas veces, cuando una niña advertía la contradicción que los adultos habían aprendido a tolerar.

Quino, junto a una escultura de Mafalda. La niña que creó en 1964 atravesó generaciones con sus preguntas sobre la política, la desigualdad y el mundo adulto. Crédito: Static.
Quino, junto a una escultura de Mafalda. La niña que creó en 1964 atravesó generaciones con sus preguntas sobre la política, la desigualdad y el mundo adulto. Crédito: Static.

En las redes, ese mecanismo encuentra un formato fácil de compartir. Una tira cabe en una pantalla y puede enviarse en segundos. Quien la publica agrega una noticia, una discusión o una preocupación del momento. La viñeta puede expresar una posición sin necesidad de escribir un discurso.

Los estudios sobre circulación de contenidos permiten explorar qué papel juegan las emociones en ese gesto. Científicos analizaron artículos de The New York Times publicados durante tres meses y realizaron experimentos complementarios. Encontraron que las emociones de mayor activación, como el asombro, la ira o la ansiedad, podían favorecer la transmisión de contenidos. El trabajo mostró que la difusión no dependía solamente de que una emoción fuera positiva o negativa, sino también de cuánto movilizaba a quien la experimentaba.

Aplicado como hipótesis a Mafalda, ese hallazgo permite pensar que una tira podría compartirse tanto por la gracia que provoca como por la indignación que despierta. El chiste puede terminar en una sonrisa y dejar, al mismo tiempo, una preocupación que merece ser enviada a alguien más.

Otro estudio examinó específicamente la circulación de mensajes políticos. Publicado en PNAS, los investigadores analizaron 563.312 mensajes de Twitter y encontraron que el lenguaje que combinaba contenidos morales y emocionales se asociaba con mayor difusión, especialmente dentro de grupos ideológicos afines. Desde esa perspectiva, compartir una viñeta de Mafalda podría ser una forma de señalar una injusticia y buscar complicidad entre quienes también la reconocen. Una lectura personal se convierte, entonces, en una intervención sobre el presente.

Estas investigaciones no determinaron las causas de su popularidad actual ni cuánto pesa cada motivo. Ofrecen herramientas para pensar cómo pueden entrelazarse los recuerdos, la identificación con un personaje y las emociones que llevan a compartirlo. En Mafalda, ese cruce resulta especialmente sugerente: el lector puede reencontrarse con su infancia y, unas páginas después, descubrir una pregunta que todavía lo incomoda.

Con todo, Quino dejó de dibujar nuevas tiras en 1973. Desde entonces cambiaron gobiernos, tecnologías y generaciones de lectores. Mafalda conservó su edad y demasiadas razones para protestar. Su vigencia celebra el talento de quien la creó. También deja al descubierto cuánto del mundo que cuestionó sigue sin resolverse.

Por María Ximena Perez