Escribe Irene Mercedes Aguirre.
Esta es una fecha memorable en la historia humana. Hacia un oeste ignoto para aquellos intrépidos navegantes de las carabelas comandadas por Cristóbal Colón. Además del extraordinario cruce del Atlántico, a medida que transcurre el tiempo se agiganta la significación de esa travesía colosal.
Europa estaba aprisionada en sus movimientos de intercambios comerciales y contactos geopolíticos por la presión musulmana que le coartaba la libre circulación con el Lejano Oriente. Para romper esa traba, era preciso buscar otra ruta para llegar a Oriente por el océano. En la actualidad, soslayamos los temores de los navegantes que se internaron en las aguas tempestuosas y en gran medida poco transitadas, para llegar a las Indias Occidentales. Se desconocía aún que entre Asia y Europa tropezarían con un nuevo continente donde no estaban precisamente las Indias ni imperaba el Gran Khan para reanudar la vinculación diplomática, cultural y económica esperada.
Poco a poco, con sucesivas expediciones se confirmaría estas presunciones sobre las dimensiones, la forma y los territorios descubiertos. El corolario de tantos esfuerzos fue la búsqueda del paso que permitiera confirmar la redondez de la Tierra. Y ¡Oh sorpresa! La expedición de Hernando de Magallanes completaría la confirmación de la verdadera forma de nuestro planeta, más allá de rectificaciones y debates posteriores. El Atlántico sur guardaba el secreto develado por Magallanes y completado por Sebastián Elcano.
Revivir esos lejanos tiempos de la Historia con algunos pequeños aspectos que hemos brindado aquí nos emociona como esfuerzo humano a nivel planetario que se concretó cuando Rodrigo de Triana en lo alto de una carabela gritó ¡Tierra!. Allí nació otra historia.
Conjunción América*
Clavados en ayeres silenciosos,
los templos con sus dioses ya no alcanzan
ni pueden explicarnos por sí mismos esta compleja trama.
Apenas si nos traen, tenuemente,
Reminiscencias vagas. Telarañas de un tiempo
que en nosotros pervive, que está pero no habla.
Entonces interrogo catedrales,
Conventos imponentes que conmueven y datan
la colonial presencia y tampoco me basta.
Solamente recrean esos siglos
de un mundo subterráneo, inaudito y dormido,
perpetuando unas formas de hispana pincelada.
No hay ritos africanos que consigan
unificar senderos, que concentren, que logren
avivar nuestras ansias con su mágico ensueño.
No basta a nuestra esencia la cordura
de otras metas extrañas, racionales o ascéticas,
de heroísmo o crueldades, de protestante sello… .
Ninguno de ellos logra en estas tierras
la rosa de los vientos, el dolorido centro
de nuestra propia entraña a la que no entendemos.
Porque no somos blancos solamente,
ni solo indios o negros
Somos suma esparcida
¡La conjunción América en el mestizo cuenco!
- Poema de Irene Mercedes Aguirre, de su libro Mirador de Dos Mundos. Quinientos luego. 1492-1992 – Buenos Aires: Ediciones Amaru, pp. 60-61.




