Científicos y científicas del Centro de Oncología Molecular y Traslacional (COMTra) de la Universidad Nacional de Quilmes avanzan en un tratamiento para combatir el osteosarcoma, un tipo de cáncer infantil. Se trata del tumor óseo pediátrico más frecuente y suele diagnosticarse entre los 10 y los 20 años de edad. En esa línea, los investigadores apuntan a mejorar las respuestas terapéuticas y generar una terapia que combine el uso de dos fármacos: bevacizumab y desmopresina. El objetivo es limitar la formación de vasos sanguíneos que estimulen el crecimiento del tumor.
En Argentina, se diagnostican alrededor de 1.400 casos de cáncer infantil por año y el osteosarcoma es el tumor más frecuente, que aparece en las etapas de mayor crecimiento en estatura. Si bien puede afectar a cualquier hueso, es más usual en los largos como la tibia o el fémur. Este tumor se caracteriza por su rápido crecimiento, por su capacidad para formar metástasis y por la formación intensa de nuevos vasos sanguíneos. Este último proceso, conocido como “angiogénesis”, es indispensable para alimentar el tumor y favorecer la progresión del mismo.
En su estudio publicado en la prestigiosa revista Frontiers in Medicine, los científicos de la UNQ, el Conicet y el Hospital El Cruce proponen combinar dos fármacos para bloquear la formación constante de vasos sanguíneos: bevacizumab y desmopresina. En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas, Juan Garona, director del estudio, cuenta: “La droga bevacizumab la habíamos probado anteriormente en ensayos preclínicos y había tenido muy buenos resultados. Es un anticuerpo que se dirige contra la molécula VEGF, encargada de fomentar la angiogénesis. El problema fue que cuando llegó a los ensayos clínicos no demostró la misma eficacia. Es decir, los resultados no mostraron una mayor supervivencia”.
Daniel Alonso, director del Centro de Oncología Molecular y Traslacional de la UNQ, añade: “Se esperaba que, al inhibir un mediador del crecimiento vascular, se redujera el tumor. Sin embargo, en la clínica no se encontraron los resultados esperados. Lo mejor, entonces, seguían siendo los tratamientos tradicionales, como la quimioterapia”.
Al no funcionar por sí mismo el fármaco bevacizumab, el equipo de investigación probó qué sucedía al combinarlo con desmopresina, un medicamento utilizado para el tratamiento de trastornos hemorrágicos y que, además, posee propiedades antitumorales y antiangiogénicas. Luisina Solernó, primera autora del trabajo, relata a la Agencia: “Necesitábamos un fármaco que pudiera potenciar el efecto de bevacizumab y sabíamos por experiencias anteriores con otro tipo de tumores que desmopresina podía hacer eso”.

Este fármaco –que ya se utiliza para tratar el cáncer de mama y el colorrectal– activa el receptor AVPR2 presente en las células de los vasos sanguíneos y en los osteosarcomas. Al hacerlo, se activan mecanismos que limitan el proceso de angiogénesis, como la proliferación, la migración y la organización de las células que forman los nuevos vasos sanguíneos. “El estudio empleó dosis y esquemas de administración con relevancia farmacológica y potencial aplicación clínica. Si avanza, estas drogas se darán de manera complementaria a los tratamientos tradicionales. La idea es administrar primero desmopresina y luego bevacizumab”, detalla Solernó.
Alonso plantea: “Estos avances son sumamente interesantes porque el osteosarcoma es uno de los cánceres menos estudiados ya que afectan a una poca proporción de personas. Hay interés académico pero no tanto de la industria farmacéutica”. Además, aunque aún faltan ensayos y pruebas, los resultados son alentadores. Garona, que también es director de la Unidad de Investigación Biomédica en Cáncer del Centro de Medicina Traslacional del Hospital El Cruce, define: “Las tasas de supervivencia de la enfermedad llevan décadas estancadas y los tratamientos convencionales parecen haber alcanzado una meseta en su eficacia. Además, existe una profunda disparidad internacional: el pronóstico de los pacientes es significativamente peor en países de ingresos bajos y medianos en comparación con las naciones desarrolladas”.
El trabajo fue premiado en el VII International Congress in Translational Medicine (2024) y fue finalista del premio Irene Faryna y Roberto Raveglia en el área oncología en la reunión anual de la Sociedad Argentina de Investigación Clínica (2025). Además de Solernó, Garona y Alonso, también participaron del estudio Candela Llavona, Zahira Yasmine Saud, Mariana Carolina Onassis, María Florencia Gottardo y Martín Manuel Ledesma. Además, fue financiado por el Conicet, la ex Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica y la Universidad Nacional de Quilmes.




